Soledad Rithner (Húmedo Rosa)
En la obra de Soledad Rithner, la sexualidad aparece como una fuerza ambigua: luminosa y oscura al mismo tiempo. Lejos de una mirada idealizada, el deseo se presenta como un territorio donde conviven el placer, la violencia, el abuso, la ternura y el miedo. Sus personajes encarnan esa dualidad constante que la artista reconoce en la condición humana: una humanidad capaz de gestos de cuidado, de poesía y de belleza, pero también profundamente destructiva. Los muñecos y objetos que componen su universo provienen, en muchos casos, de materiales recolectados, comprados, olvidados, en desuso; objetos que parecen haber tenido una vida anterior. Al intervenirlos, la artista ensaya una suerte de resurrección simbólica: dar nueva forma a aquello que estaba descartado, devolverle una presencia inquietante y ambigua. Lo bello y lo siniestro conviven sin jerarquías, como en el ser humano mismo. El amor, en este contexto, aparece también como una construcción frágil y contradictoria: algo rancio y ficticio, sostenido por ilusiones, pero al mismo tiempo una fuerza vital que impulsa a seguir existiendo. Esa tensión atraviesa toda su producción y se materializa en cuerpos que no terminan de definirse, que incomodan y atraen, que exponen sin pudor la complejidad emocional del deseo.
Florencia Hana Ciliberti
Florencia Hana Ciliberti propone un ecosistema fantástico donde los objetos guardan un secreto: la música. Cada pieza contiene una melodía compuesta por la propia artista y solo se activa mediante la participación del espectador, quien, al girar una pequeña manivela, pone el sonido en movimiento. Ese gesto mínimo, analógico e íntimo transforma al visitante en intérprete y le permite reapropiarse del tiempo, del ritmo y de la escucha. La obra se construye en ese instante de activación, donde la urgencia cotidiana se suspende y aparece otra temporalidad posible. La música, circular y repetitiva, funciona como un mantra que remite al poder de la vibración y a su capacidad de inducir estados meditativos. No se trata de una experiencia espectacular, sino de una invitación a detenerse, a habitar el presente desde una atención sensible. Su práctica dialoga con la herencia del arte Fluxus, tanto en la fusión entre disciplinas como en la concepción de objetos que borran los límites entre lo cotidiano y lo artístico. En el marco de la muestra, su obra introduce una dimensión afectiva y temporal del amor: no como explosión dramática, sino como acto sostenido, como escucha, como forma de estar con otros en el tiempo.
Sebastián Cosenza
Las pinturas y dibujos de Sebastián Cosenza están atravesados por una iconografía intensa y excesiva, donde la cultura pop, la imaginería católica y el erotismo se superponen sin jerarquías. Sus escenas remiten a la forma en que el amor se aprende desde la infancia, bombardeado por imágenes religiosas, telenovelas y relatos donde la pasión siempre es violenta, desmedida y teatral. En sus obras, el amor no es calma ni compañía silenciosa, sino histrionismo permanente: golpes, llantos, sexo, muerte, sacrificio. Una pedagogía afectiva construida desde el exceso, donde la paz parece no tener lugar. Esa sobreactuación se filtra en las relaciones contemporáneas y se convierte en un performance que se repite frente a los otros. Las figuras cristianas, los cuerpos jóvenes, la erotización de lo sagrado y lo autobiográfico aparecen como fragmentos de una ficción personal que se narra a través de otros. Sus obras funcionan como escenas intensificadas, donde el deseo, la culpa y la fe se confunden, exponiendo la violencia simbólica con la que muchas veces se nos enseñó a amar.
ABRÁZAME MUY FUERTE propone pensar el amor como un territorio complejo, atravesado por contradicciones, rituales y ficciones heredadas. Lejos de una idea romántica o conciliadora, la muestra reúne prácticas que exploran el deseo desde la intensidad, la ambigüedad y la repetición. Ya sea a través de cuerpos intervenidos, objetos sonoros, dibujos o pinturas cargados de dramatismo, los tres artistas dialogan con una memoria afectiva común: la del amor aprendido en la cultura popular, en la religión, en la televisión y en los gestos cotidianos. En la siesta, cuando el tiempo parece suspenderse y las emociones se amplifican, estas obras invitan a volver sobre esas narrativas y a habitarlas de otro modo. Abrazar fuerte, aquí, no es una promesa de salvación, sino un acto desesperado, sensible y humano frente a la fragilidad de amar.
Curador: Carlos Herrera