Me interesa pensar las obras de este conjunto de artistas como parte de un mismo territorio donde el lenguaje ha dejado de ser una herramienta confiable. No porque haya desaparecido, sino porque se ha fracturado. Lo que aparece no es el silencio, sino una proliferación de restos: signos que ya no garantizan sentido, palabras que no terminan de decir, imágenes que parecen estar a punto de hablar pero se detienen antes de hacerlo. En ese umbral inestable se configura lo que podría llamarse una lengua rota.
Una lengua rota no es una lengua incompleta, sino una lengua que exhibe su propia imposibilidad de cerrar. Se resiste a la transparencia, a la equivalencia entre signo y significado. En lugar de comunicar, insiste. En lugar de nombrar, rodea. Se vuelve opaca no como falla, sino como condición. Allí donde el lenguaje moderno aspiraba a ordenar el mundo, a clasificarlo y volverlo legible, estas prácticas introducen una interferencia: el sentido ya no se presenta como algo dado, sino como algo que se escapa, que se desplaza, que nunca termina de fijarse.
En este contexto, la escritura en la imagen deja de ser un suplemento o un recurso ilustrativo para convertirse en un campo de fricción. No hay jerarquía clara entre ver y leer: ambas operaciones se contaminan. La imagen no se limita a mostrar y la palabra no se limita a decir. Más bien, ambas se tensionan en un espacio común donde el lenguaje se vuelve materia (trazo, ritmo, gesto, repetición) y la imagen adquiere una densidad casi gramatical. Pero esa gramática ya no organiza: desarma.
Lo que estas lenguas rotas ponen en evidencia es también una dimensión política del lenguaje. No en el sentido explícito del enunciado, sino en su estructura misma. Toda lengua que pretende decirlo todo es también una forma de control: fija identidades, establece relaciones, produce orden. La fractura, en cambio, introduce una fuga. En la imposibilidad de decir completamente, aparece un margen donde lo indeterminado puede existir sin ser inmediatamente capturado. La ambigüedad deja de ser un problema para convertirse en potencia.
Hay, además, una dimensión afectiva en esta ruptura. Lo que no se dice del todo no es necesariamente lo que falta, sino lo que desborda. El lenguaje se vuelve insuficiente frente a ciertas intensidades (el dolor, el deseo, la violencia, la memoria) y en ese límite se transforma. Tartamudea, se repite, se deforma. No para corregirse, sino para persistir de otra manera. La lengua rota no calla: insiste desde su fisura.
Pensar estas obras desde esa perspectiva implica abandonar la expectativa de comprensión plena. No se trata de descifrar un mensaje oculto, sino de habitar una inestabilidad. Leer sin terminar de leer. Ver sin terminar de ver. Aceptar que el sentido, lejos de ser un punto de llegada, es un campo en movimiento.
En última instancia, estas prácticas no proponen un nuevo lenguaje, sino una experiencia del lenguaje en crisis. Y es precisamente en esa crisis donde algo se vuelve visible: que toda lengua, incluso la más estable, está siempre al borde de romperse. Que decir nunca es del todo posible. Y que, tal vez, es en ese resto (en eso que no se dice) donde la imagen y la palabra encuentran una nueva forma de existir.
Carlos Herrera / Mayo 2026